Parte 2. Caida Libre - El Rechinar de dos Espadas en mi Alma


 

Caída libre

 

Sin notarlo, ya estaba en el lecho del pecado. Los brazos de la pornografía, la masturbación y la fornicación me rodeaban desde hacía varios meses. Esa noche, mientras estaba a solas, un nuevo pensamiento se apoderó de mí: “¿Por qué no pruebas con prostitutas?”.

 

Ese pensamiento ya paseaba por mi mente desde hacía un tiempo. Un par de días atrás, me encontraba en internet buscando chicas “prepagas”. Ya había encontrado una. Solo faltaba el momento perfecto. No fue nada improvisado.

 

Mi mente se había convertido en la de un estratega militar. Y viéndolo de esa manera, todo estaba minuciosamente preparado, listo para un ataque perfecto, orquestado por el líder del pelotón que acampaba en el valle de mi alma. Cada momento de soledad, bajaba a la profundidad de mi mente y comenzaba a idear su plan de destrucción.

 

Mi cuerpo espiritual había iniciado un proceso de muerte lenta varios meses atrás. Todo comenzó con las penetrantes miradas del cansancio. Eran tan constantes y profundas, que comencé a perderme en ellas. Me fueron  envolviendo un día tras otro.

 

Lentamente, los dulces momentos consecuentes de doblar mis rodillas se convirtieron en momentos sin sabor. El ego se acercó, extendió su brazo y me dijo, mientras apretaba y sacudía mi mano: “Vamos. Tú puedes. Eres lo suficientemente fuerte”. Luego, colocó la mano sobre mi hombro y me fui con él, dejando atrás la sabiduría y la inteligencia. Marchaba como buey al degolladero.

 

Comenzó el paseo: primero, pasé por el lobby de las fotos de mujeres con poca ropa; luego, subí al ascensor de la pornografía; más tarde, pasé al corredor de la masturbación; finalmente me detuve en la recámara de la fornicación.

 

Y ahora estaba por caer en otro plano: el de acostarme con prostitutas. Al llegar a ese punto puedo asegurar que sentí que estaba a un paso de suicidarme espiritualmente. El siguiente recorrido era hacia la ventana de esa habitación, para abrirla y lanzarme desde allí.

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